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En el curso de avance de la física cuántica se hizo evidente que estas representaciones apoyadas en la experiencia sensorial no son sostenibles. Niels Bohr (1885–1962), el padre de la física cuántica, llegó a la conclusión: «No existe ningún mundo cuántico.»[1] Este hallazgo fue confirmado por sus colegas genialmente afines Werner Heisenberg (1901–1976), Wolfgang Pauli (1900–1958) y otros. Heisenberg escribe: «Las unidades más pequeñas de la materia no son en realidad objetos físicos en el sentido corriente; son formas, ideas, que solo pueden expresarse de manera inequívoca en lenguaje matemático.»[2]— El átomo, pues, no es ninguna cosa en el espacio. Y sigue escribiendo: «Si se intenta penetrar, detrás de esta realidad [se refiere a la sinnfällige; nota del autor], en los detalles del acontecer atómico, los contornos de este mundo "objetivo-real" se disuelven —no en la niebla de una representación de realidad nueva y sin embargo poco clara, sino en la transparente claridad de una matemática que vincula legalmente lo posible, no lo fáctico.»[3] Pero esta «transparente claridad» es una abstracción. Por muy acertada que pueda ser en relación con el ser y el obrar de la sub-naturaleza, llega sin embargo a un límite en el que al ser humano cognoscente puede hacérsele consciente que de esta abstracción no es posible sacar chispa alguna de un impulso ético-moral. La matemática tiene que ver con lo que se ha vuelto físico, que se da a conocer a la conciencia pensante en relaciones numéricas. Su coherencia es captable en pensamientos, es decir, puramente en el espíritu. En ellas, lo objetivo y lo subjetivo coinciden en una sola cosa. Son verdaderas en el caso restringido de lo






