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Lo que proviene de la actividad digestiva de los animales recibe su fuerza fertilizante a través de la índole esencial particular del ser anímico. Así como respecto a las plantas se dijo: «Lo viviente abona a lo viviente», vale decir para los animales, yendo más allá: «Lo anímico abona a lo anímico.» Este estado de cosas fue tratado con amplitud en el capítulo «La organización anímica o el cuerpo astral del organismo agrícola» (p. 111 ss.). A la fuerza fertilizante más alta en el nivel del puro obrar natural la lleva la naturaleza anímica de los rumiantes, y aquí en particular la del ganado bovino (véase cap. «El bovino»). Entender la fuerza fertilizante como efecto sumativo de nutrientes individuales llamados así proviene de una teoría que ya no se interroga a sí misma. Buscar en cambio el valor fertilizante —como ya se ha subrayado en reiteradas ocasiones— en el «compositor» (la cabra, la oveja o el bovino), desde cuya índole esencial las sustancias se ordenan precisamente en esta y no en ninguna otra disposición, rompe las barreras materialistas y libera la mirada para las preguntas que se dirigen hacia la realidad de la vida, el alma y el espíritu. Si se persiguen estas preguntas, se muestra que el valor fertilizante es tanto más alto cuanto más en conformidad con su ser se cría, alimenta, cuida y selecciona a los animales. Todo esto pone en marcha, desde el ser de los animales domésticos, fuerzas que abonan. La granja conformada como organismo cumple estas condiciones.