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El citoplasma es el polo de movimiento de la célula. Fluye, rota en torno a las vacuolas celulares —o, en casos especiales, circula incluso alrededor del núcleo celular. La intensidad de la corriente depende del oxígeno, el portador de las fuerzas etéricas. Es sensible a los estímulos externos; según las condiciones meteorológicas —mediante la hinchazón y la contracción de los tejidos celulares— cuida, por ejemplo, del cierre y la apertura de los estomas, del movimiento de las inflorescencias de las compuestas según el curso del sol, etc. Reacciona además al tipo de abonado así como a la mano cultivadora del ser humano. Como el punzón imprime su huella en la cera lacre, así imprimen las fuerzas astrales que afluyen desde el exterior su sello en el citoplasma de la célula. En la ciencia de la botánica se atribuye al plasma celular «una capacidad de sensación».[1] No se nombra, sin embargo, su índole específicamente vegetal, ni el umbral que lo separa de la sensación animal. En el núcleo celular impera el fósforo y determina sus rigurosas estructuras. La proteína asociada a él, la nucleoproteína, no contiene fósforo, como tampoco lo contiene ninguna proteína en principio. La proteína está asociada al azufre; debe su movilidad compositora de sustancias al azufre, tan próximo en su naturaleza al fósforo y sin embargo tan polar en sus propiedades. Este azufre es el mediador entre las fuerzas astrales que irradian desde la periferia y las sustancias que forman la proteína (C, O, N, H). Ambos, azufre y fósforo, producen una armonización de los miembros constitutivos. Si, por ejemplo, el cuerpo astral y con él el Yo se hunden demasiado profundamente en la organización etérica y física, entonces el «azufre conforma más el cuerpo astral, el fósforo conforma más el Yo» y los libera de esa vinculación.[2] Ambos son Mercurios entre los mundos espirituales superiores y su imagen refleja terrestre, entre lo espiritual-germinal y aquello que se despliega hacia la forma de manifestación física, hacia la obra. Ambos aparecen, en la más alta dilución, en todo acontecer viviente, de manera unitaria y sin embargo con un modo de acción polar, repitiendo el pasado en el presente y abriéndolo hacia el futuro. Ambos están, en alta dilución, entretejidos en el núcleo (fósforo) y en el plasma (azufre) de la célula. Su

  1. Hermann von Guttenberg: Lehrbuch der allgemeinen Botanik, Berlin 1955, S. 15.
  2. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Gesichtspunkte zur Therapie, GA 313, Vortrag vom 12. April 1924, Dornach 2001, S. 44.