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Lo que en otoño perece son formas que en el transcurso ascendente del año han recibido su impronta específica del año a través del obrar conjunto cósmico-terrestre de las sustancias y las fuerzas. Ya en el marchitarse de la flor, lo etérico — la vida plástica — se desprende de lo que se ha configurado astralmente según la imagen primordial de la planta. En la formación de la semilla y del humus, este nexo surge de nuevo: una siembra de gérmenes en la corriente del tiempo. Pero lo que se desprende de la vinculación a la vida del mundo físico-sensible es suprasensible; se entreteje de tal manera con la luz y el calor que irradian en el otoño, que estos, en comparación con la primavera, aparecen al sentir mucho más plenos, saturados de espiritualidad y vida anímica — sí, más fuertemente separados entre sí en su índole esencial. Este que en el morir se va desprendiendo, separando, puede ser sentido como un despertar de espíritus que atraviesa toda la naturaleza. Si no se cierra uno a este acontecer exterior de muerte, puede uno cobrar conciencia de la fuerza que supera la muerte en la propia entidad del Yo. Libera fuerzas de valentía, un presentir michaélico y un pensar prospectivo que está tan abierto al futuro y al desarrollo como, a la inversa, lo está la planta, que en la corriente reproductiva de semilla en semilla mantiene y preserva su ser.